Hubo un tiempo en que la infancia transcurría lejos de la mirada constante de los adultos. Las tardes se alargaban en descampados, solares o calles del barrio, y la única señal para volver a casa era la luz de las farolas encendiéndose al anochecer. Nadie geolocalizaba a nadie. Nadie enviaba mensajes cada diez minutos. La autonomía no era un objetivo pedagógico, era una consecuencia natural del contexto.

La psicología contemporánea observa ahora aquel periodo con una mezcla de sorpresa y respeto. Lejos de ser una época de crianza sofisticada, los años sesenta y setenta funcionaron como un experimento social involuntario. Madres y padres ocupados en jornadas laborales extensas dejaron a sus hijos un margen amplio para equivocarse, aburrirse y resolver conflictos por su cuenta. Sin pretenderlo, sembraron una fortaleza emocional que hoy resulta más difícil de cultivar.

Autonomía forzada, fortaleza real

La escritora Cher Hillshetlands, que ha estudiado este fenómeno generacional, resume una de sus claves: aquella forma de crecer fomentó la autosuficiencia, una de las fortalezas mentales que hoy escasea. El aburrimiento no era un problema a erradicar, era un territorio fértil. De ese vacío surgían juegos inventados, construcciones improvisadas, pactos entre iguales y también discusiones que exigían negociación sin mediadores adultos.

Diversas investigaciones sobre los estilos parentales de la década de 1970 señalan que una disciplina menos rígida y una mayor libertad favorecieron habilidades de resolución de problemas. La ausencia de supervisión constante obligaba a evaluar riesgos, calcular consecuencias y gestionar frustraciones. Cada rodilla raspada, cada exclusión en un equipo improvisado, cada plan que salía mal era una pequeña lección de regulación emocional.

El concepto resulta sencillo: cuando las manos trabajan, desarrollan callos que las protegen. Con las emociones ocurre algo similar. La exposición repetida a pequeñas incomodidades fortalece la tolerancia a la frustración. El aprendizaje no siempre era amable, aunque sí efectivo.

Aprender a esperar en un mundo sin inmediatez

Otra competencia que aquella generación interiorizó fue la paciencia. Ver un programa implicaba estar frente al televisor en el momento exacto de emisión. Comprar algo requería ahorrar durante semanas o meses. Las opciones eran limitadas, el deseo no encontraba satisfacción inmediata.

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Estudios recientes apuntan a que esa escasez de estímulos y recompensas instantáneas consolidó una mayor resistencia emocional. Esperar dejó de ser una molestia para convertirse en parte del proceso.

También la resolución de problemas se entrenaba sin tutoriales ni buscadores. Perderse en una ciudad significaba orientarse con referencias físicas o preguntar a desconocidos. Construir una casa en un árbol exigía ingenio con materiales disponibles y cooperación entre iguales. El juego no estructurado actuaba como un laboratorio de habilidades sociales y cognitivas.

El contraste con la actualidad resulta evidente. Entornos hipervigilados, agendas repletas de actividades dirigidas y dispositivos diseñados para eliminar cualquier espera reducen el margen de error y de exploración. La seguridad aumenta, el margen para entrenar la autonomía se estrecha.

Los expertos no proponen regresar a la despreocupación total. La presencia adulta aporta contención y vínculo. La cuestión reside en el equilibrio. Cuando cada obstáculo se elimina de antemano, la musculatura emocional apenas se ejercita. Cuando cada emoción recibe respuesta inmediata, la autorregulación pierde terreno.

Los años sesenta y setenta no diseñaron un método perfecto. Ofrecieron algo distinto: espacio. Espacio para el aburrimiento, para el riesgo medido, para el conflicto y la espera. En ese terreno menos intervenido creció una generación capaz de absorber mejor el impacto de la incertidumbre.

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Juanjo es experto en cultura y lifestyle, con un foco especial en el impacto que internet y las redes sociales están teniendo en nuestra sociedad y en el mundo. Por eso mismo, sus temas suelen tener también mucho que ver con cine, series, psicología, relaciones personales y sexualidad. 

No hay tendencia viral o reto en redes que se le pase por alto, aunque también está muy conectado con la actualidad literaria, repasando cada semana todas las novedades editoriales y seleccionando las que puedan resultar más interesantes para sus lectores.

Su gran pasión son las entrevistas, disfruta hablando con personas y conectando con ellas y tiene una curiosidad natural por aprender de las experiencias y perspectivas de los demás ya sea de un escritor, un psicólogo o cualquiera que tenga una historia que contar. 

Juanjo se licenció en Economía Internacional, aunque desde muy temprano en su carrera, por vocación personal, se dedicó a la divulgación y al periodismo, que con los años se convirtió en su profesión.

Juanjo lleva más de 15 años escribiendo en diferentes medios y fue Director editorial de Vice España, coordinando toda la producción de contenidos de la revista, desde cápsulas para redes sociales a documentales sobre ocultas subculturas urbanas de nuestro país. Tras su paso por Vice, se ha dedicado a escribir y su trabajo ha aparecido en medios como El País, El Periódico de España, ABC o Yorokobu, entre otros.