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A veces no ocurre nada y, aun así, algo se rompe. No hay una noticia concreta, ni una pérdida evidente, ni un giro dramático. Solo una mañana cualquiera, una taza de café que se enfría y una sensación difícil de nombrar. La vida sigue en orden y sin embargo falta algo.
Eso es lo que describe Helen Taylor en un artículo en la web Geediting, que a sus 63 años se encontró incapaz de identificar una sola cosa que le apeteciera de verdad. Su agenda estaba llena de compromisos razonables, incluso agradables. Trabajo estable, buena salud, hijas adultas con vidas propias. Todo en su sitio. Y, sin embargo, nada que despertara ese deseo íntimo de vivir lo que viene.
El peso de ser imprescindible
Durante más de cuatro décadas, Taylor construyó su identidad alrededor de una idea clara: ser necesaria. Primero como enfermera, después como madre, más tarde como hija que cuida, amiga que acompaña, compañera que sostiene. Siempre disponible, siempre resolviendo, siempre ocupando ese lugar al que otros acuden cuando algo falla. En ese rol encontró sentido, estructura y una forma de medirse a sí misma.
Ser necesaria ofrece una recompensa inmediata. Alguien necesita ayuda y uno responde. Hay una tarea concreta, una urgencia, una función que cumplir. En ese intercambio, la identidad se refuerza. Taylor recuerda cómo ese sentimiento de importancia aparecía en gestos cotidianos, desde una llamada en mitad de la noche hasta una consulta aparentemente trivial. Todo confirmaba lo mismo: hacía falta.
El problema es que ese tipo de propósito tiene fecha de caducidad. Las hijas crecen, los pacientes mejoran… Y cuando eso ocurre, lo que antes era una fuente de sentido puede convertirse en un vacío difícil de interpretar.
Cuando el éxito se parece a desaparecer
Hay una paradoja silenciosa en el cuidado. Se educa para que otros no necesiten, se trabaja para que otros sanen, se acompaña para que otros puedan solos. El objetivo siempre ha sido ese. Y cuando se alcanza, llega una sensación inesperada: la de haber cumplido tan bien el papel que ya no queda papel que interpretar.
Taylor lo experimenta en un momento concreto, cuando su hija le cuenta cómo ha gestionado una situación complicada en el trabajo. No pide consejo. No busca apoyo. Solo comparte. La escena, que debería ser motivo de orgullo, deja también una sensación de desconexión.
Muchas personas de su generación, especialmente quienes han centrado su vida en el cuidado, reconocen ese momento. Años dedicados a otros que terminan con una pregunta incómoda: quién soy cuando nadie me necesita.
Ser deseado no es lo mismo que ser necesario
En medio de esa confusión, aparece una distinción clave. Taylor empieza a entender que ha confundido durante años dos cosas distintas. Ser necesario implica una función clara. Ser deseado es más difuso, menos medible, más incierto.
Sus hijas la quieren en sus vidas, sus amigos disfrutan de su compañía, sus pacientes valoran su trabajo. Nadie depende de ella para sobrevivir o resolver lo esencial. Y, sin embargo, sigue habiendo un vínculo. Uno menos urgente, menos transaccional, quizá más honesto.
Aceptar esa diferencia no resulta inmediato. Durante mucho tiempo, la ausencia de necesidad se interpretó como falta de valor. Ahora empieza a intuir que puede ser otra cosa. Un espacio distinto en el que relacionarse sin la presión de ser imprescindible.
Aprender a querer algo propio
El verdadero reto llega después. Si la vida ya no gira en torno a las necesidades de otros, entonces aparece una pregunta que había quedado en segundo plano: qué quiero yo. No qué hace falta, no qué toca, no qué esperan. Qué deseo.
Taylor hizo una lista de cosas que en otro momento le habrían ilusionado. Leer sin interrupciones, caminar sin mirar el teléfono, aprender algo nuevo. Todas suenan bien, aunque ninguna parece suficiente. Como si el deseo fuera un músculo que lleva años sin ejercitarse.
Aun así, dio un paso. Se apuntó a un curso de carpintería. Compró una entrada para ir sola al teatro. Planes pequeños, casi insignificantes, que introducen una sensación nueva.
Y quizá ahí está la clave. En aceptar que esta etapa no empieza con certezas, sino con preguntas. Que dejar de ser necesario no equivale a dejar de importar. Que, después de toda una vida respondiendo a los demás, aprender a escucharse a uno mismo puede ser, por fin, algo a lo que mirar hacia delante.
Juanjo es experto en cultura y lifestyle, con un foco especial en el impacto que internet y las redes sociales están teniendo en nuestra sociedad y en el mundo. Por eso mismo, sus temas suelen tener también mucho que ver con cine, series, psicología, relaciones personales y sexualidad.
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Su gran pasión son las entrevistas, disfruta hablando con personas y conectando con ellas y tiene una curiosidad natural por aprender de las experiencias y perspectivas de los demás ya sea de un escritor, un psicólogo o cualquiera que tenga una historia que contar.
Juanjo se licenció en Economía Internacional, aunque desde muy temprano en su carrera, por vocación personal, se dedicó a la divulgación y al periodismo, que con los años se convirtió en su profesión.
Juanjo lleva más de 15 años escribiendo en diferentes medios y fue Director editorial de Vice España, coordinando toda la producción de contenidos de la revista, desde cápsulas para redes sociales a documentales sobre ocultas subculturas urbanas de nuestro país. Tras su paso por Vice, se ha dedicado a escribir y su trabajo ha aparecido en medios como El País, El Periódico de España, ABC o Yorokobu, entre otros.












