- Lo que dice la psicología de las personas que ayudan a los camareros a recoger la mesa
- El truco definitivo de un doctor en psicología para acabar con el estrés
- Por qué olvidamos los nombres de las personas según la psicología y la mejor técnica para recordarlos
Durante años, la figura del hombre mayor enfadado se ha convertido casi en un tópico cultural. El abuelo que responde con brusquedad. El padre que parece siempre tenso. El compañero de trabajo mayor que reacciona con enfado ante problemas menores. Se suele explicar como un rasgo de carácter o como el resultado natural de la edad.
La psicología sugiere algo muy distinto. En muchos casos, esa ira silenciosa no es amargura ni mala voluntad. Es el resultado de décadas en las que mostrar vulnerabilidad tenía un precio demasiado alto. Para muchos hombres de generaciones anteriores, hablar de miedo, tristeza o inseguridad podía poner en riesgo su autoridad, su reputación profesional o incluso la estabilidad de su matrimonio.
El resultado fue una especie de acuerdo social no escrito. Los hombres podían sentir muchas cosas, aunque solo había una emoción que podían expresar sin consecuencias: el enfado.
Una sola emoción permitida
Quienes crecieron en la segunda mitad del siglo XX aprendieron muy pronto qué sentimientos podían mostrar en público. La tristeza, la duda o el miedo se asociaban con debilidad. El enfado, en cambio, transmitía control y determinación.
En el ámbito laboral, esa lógica resultaba especialmente visible. Golpear la mesa en una reunión podía interpretarse como pasión o liderazgo. Levantar la voz demostraba autoridad. Un hombre que lloraba o admitía sentirse superado quedaba marcado como alguien poco fiable.
Con el tiempo, muchas emociones complejas acabaron pasando por ese mismo canal. La frustración, la decepción o el dolor terminaban expresándose como ira.
Diversas investigaciones sobre el estrés asociado a los modelos tradicionales de masculinidad apuntan en esa dirección. Los estudios muestran que muchos hombres tienden a reprimir emociones vulnerables como la tristeza o el miedo debido a la presión social para cumplir con determinados roles. Esa represión suele desembocar en dificultades para gestionar las emociones y en una mayor tendencia a expresar enfado.
El cuerpo también paga el precio
El problema es que las emociones reprimidas no desaparecen. Permanecen en el organismo en forma de tensión física y psicológica.
Muchos hombres mayores reconocen síntomas que se han ido acumulando con los años. Mandíbulas apretadas, hombros rígidos, problemas de espalda o hipertensión. El cuerpo funciona como una especie de archivo donde quedan registradas las emociones que nunca llegaron a expresarse.
Algunos estudios publicados en revistas científicas han encontrado además un vínculo entre la persistencia del enfado en edades avanzadas y determinados riesgos para la salud. En concreto, los adultos mayores que mantienen niveles elevados de ira tienen más probabilidades de desarrollar síndrome metabólico que quienes expresan menos enfado.
La llamada carga fisiológica resume bien este fenómeno. Cada emoción contenida, cada conversación evitada o cada decepción tragada añade un pequeño peso al sistema nervioso y al organismo.
Aprender un lenguaje emocional nuevo
El cambio cultural de las últimas décadas ha empezado a cuestionar estas normas. Hoy es más habitual que los hombres jóvenes hablen abiertamente de salud mental, ansiedad o inseguridad.
Para quienes crecieron bajo reglas distintas, ese cambio puede resultar desconcertante. Muchos descubren que apenas poseen vocabulario para describir lo que sienten. Durante años, las únicas respuestas disponibles fueron palabras como “bien”, “cansado” o “enfadado”.
Algunos psicólogos hablan de alfabetización emocional. Se trata de aprender a identificar y nombrar sentimientos que durante mucho tiempo permanecieron ocultos. Bajo la superficie del enfado suelen aparecer emociones más complejas como miedo, soledad, tristeza o decepción.
El proceso puede resultar lento. Aun así, reconocer lo que ocurre bajo la ira suele producir un efecto liberador. Muchos hombres describen la experiencia como quitarse una armadura que habían llevado puesta durante décadas sin darse cuenta.
Entender el origen de esa ira silenciosa tampoco significa justificar comportamientos dañinos. Sí permite mirar el fenómeno con más matices. Para muchas generaciones, reprimir las emociones fue una estrategia de supervivencia en un mundo que no ofrecía alternativas.
Hoy esas reglas empiezan a cambiar. Y con ellas aparece la posibilidad de que algunos hombres mayores, por primera vez, puedan dejar descansar el peso emocional que han llevado durante tanto tiempo.
Juanjo es experto en cultura y lifestyle, con un foco especial en el impacto que internet y las redes sociales están teniendo en nuestra sociedad y en el mundo. Por eso mismo, sus temas suelen tener también mucho que ver con cine, series, psicología, relaciones personales y sexualidad.
No hay tendencia viral o reto en redes que se le pase por alto, aunque también está muy conectado con la actualidad literaria, repasando cada semana todas las novedades editoriales y seleccionando las que puedan resultar más interesantes para sus lectores.
Su gran pasión son las entrevistas, disfruta hablando con personas y conectando con ellas y tiene una curiosidad natural por aprender de las experiencias y perspectivas de los demás ya sea de un escritor, un psicólogo o cualquiera que tenga una historia que contar.
Juanjo se licenció en Economía Internacional, aunque desde muy temprano en su carrera, por vocación personal, se dedicó a la divulgación y al periodismo, que con los años se convirtió en su profesión.
Juanjo lleva más de 15 años escribiendo en diferentes medios y fue Director editorial de Vice España, coordinando toda la producción de contenidos de la revista, desde cápsulas para redes sociales a documentales sobre ocultas subculturas urbanas de nuestro país. Tras su paso por Vice, se ha dedicado a escribir y su trabajo ha aparecido en medios como El País, El Periódico de España, ABC o Yorokobu, entre otros.



