Durante años, la falta de sueño se ha colado en el imaginario colectivo como una especie de ventaja. Dormir poco ha dejado de ser una carencia para convertirse en una declaración de intenciones. Quien presume de jornadas interminables y madrugones extremos parece situarse automáticamente en el lado del esfuerzo, la ambición y la disciplina. Se valora al que siempre está disponible, al que responde a cualquier hora, al que encadena tareas sin pausa.

Ese relato, sin embargo, empieza a resquebrajarse cuando se observa de cerca. La productividad no crece al mismo ritmo que las horas despierto. Tampoco lo hace la claridad mental, ni la capacidad de tomar decisiones. Lo que se instala, más bien, es una tensión constante entre lo que se espera de nosotros y lo que el cuerpo puede sostener. En ese cruce aparece una pregunta: ¿y si el problema no es la falta de tiempo, sino la falta de descanso?

El psicólogo Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático en la Universidad Complutense de Madrid y autor de ‘Dormir para vivir’, lleva años estudiando esta relación. Su diagnóstico es el siguiente: la idea de que dormir menos equivale a rendir más tiene raíces profundas, aunque choca con la biología de forma directa.

“Es una construcción cultural muy potente. Durante buena parte de la historia, el sueño no era un problema: era un límite natural. Se dormía cuando anochecía y se descansaba sin culpa”, explica. “El cambio llega cuando empezamos a domesticar el tiempo: la Revolución Industrial, la luz artificial, el reloj, la jornada laboral, y, sobre todo, una nueva moral del rendimiento. A partir de ahí, dormir deja de ser una necesidad biológica y empieza a percibirse como tiempo perdido”.

Kailas. Dormir para vivir: La ciencia del descanso en la era del cansancio

Dormir para vivir: La ciencia del descanso en la era del cansancio

Kailas. Dormir para vivir: La ciencia del descanso en la era del cansancio

Esa transformación ha ido un paso más allá en las últimas décadas. El descanso ha quedado relegado frente a una lógica que premia la actividad constante. “Esa idea ha evolucionado hasta lo que tenemos hoy: una cultura que premia la hiperactividad”, comenta. “El que madruga más, el que alarga la jornada, el que siempre está disponible. Dormir poco ya no es un problema, es una señal de compromiso. Una especie de medalla invisible. Decir ‘duermo poco’ no es solo una descripción. Es una forma de posicionarte. Suena a ambición, a disciplina, a estar ‘en ello’. Es, en el fondo, un símbolo de estatus”.

El problema es que esa narrativa choca frontalmente con la biología. “El cuerpo no entiende de épica laboral. No negocia con el sueño. Puedes ignorarlo un tiempo, pero no puedes ganarle. Y lo que culturalmente se premia, estar siempre activo y siempre disponible, fisiológicamente se paga: peor rendimiento, peor salud, peor regulación emocional”, sostiene el experto.

En ese punto entra en juego un mecanismo más sutil, la percepción que tenemos de nuestro propio rendimiento deja de ser fiable. “Aquí ocurre algo clave, y bastante inquietante: el cerebro pierde la capacidad de evaluarse correctamente. Cuando dormimos poco, el organismo entra en un modo de compensación. Aumentan los niveles de activación y eso genera una sensación subjetiva de alerta, incluso de eficacia. Te notas más ‘enchufado’, más rápido, más operativo. El problema es que esa sensación no refleja lo que realmente está pasando”.

La consecuencia es una especie de distorsión. El rendimiento cae mientras la autopercepción se mantiene intacta. “Funcionas peor, pero crees que estás funcionando igual o incluso mejor. Es una de las trampas más peligrosas del sueño”, asegura el doctor.

Ese deterioro no se manifiesta de forma brusca. “Lo primero que cambia no son las grandes decisiones”, explica. “Son los pequeños fallos. Empiezan a aparecer despistes que parecen irrelevantes. Son fallos discretos, pero constantes. Y precisamente por eso son peligrosos: los normalizamos”.

Con el tiempo, el impacto alcanza dimensiones más amplias. “El cerebro cansado empieza a tomar decisiones distintas. Reduce su capacidad para valorar consecuencias, se vuelve más rígido, menos creativo, menos flexible. Responde antes, pero piensa peor”.

A todo esto se suma un elemento que trasciende lo individual. La falta de sueño también modifica la forma en que nos relacionamos. “Dormir mal reduce la paciencia, aumenta la irritabilidad y, sobre todo, disminuye la empatía. El cerebro pierde capacidad de regulación: reacciona más y filtra menos. Por eso las discusiones escalan más rápido, las interpretaciones son más negativas y el margen de tolerancia se estrecha”.

Por lo tanto, más horas despierto no significan más eficacia. Más bien al contrario. Como resume Rodríguez-Muñoz, la ecuación es mucho más simple de lo que parece: “Dormir poco no es un signo de éxito. Es, muchas veces, una de las razones por las que no lo alcanzamos”.

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Juanjo es experto en cultura y lifestyle, con un foco especial en el impacto que internet y las redes sociales están teniendo en nuestra sociedad y en el mundo. Por eso mismo, sus temas suelen tener también mucho que ver con cine, series, psicología, relaciones personales y sexualidad. 

No hay tendencia viral o reto en redes que se le pase por alto, aunque también está muy conectado con la actualidad literaria, repasando cada semana todas las novedades editoriales y seleccionando las que puedan resultar más interesantes para sus lectores.

Su gran pasión son las entrevistas, disfruta hablando con personas y conectando con ellas y tiene una curiosidad natural por aprender de las experiencias y perspectivas de los demás ya sea de un escritor, un psicólogo o cualquiera que tenga una historia que contar. 

Juanjo se licenció en Economía Internacional, aunque desde muy temprano en su carrera, por vocación personal, se dedicó a la divulgación y al periodismo, que con los años se convirtió en su profesión.

Juanjo lleva más de 15 años escribiendo en diferentes medios y fue Director editorial de Vice España, coordinando toda la producción de contenidos de la revista, desde cápsulas para redes sociales a documentales sobre ocultas subculturas urbanas de nuestro país. Tras su paso por Vice, se ha dedicado a escribir y su trabajo ha aparecido en medios como El País, El Periódico de España, ABC o Yorokobu, entre otros.