Si trabajas en el ámbito de la salud, la nutrición o el entrenamiento, es imposible no hablar de ello. En los últimos dos años, Ozempic, Wegovy y Mounjaro han pasado de ser medicamentos relativamente desconocidos a convertirse en protagonistas de conversaciones de gimnasio, grupos de WhatsApp y redes sociales. La promesa parece irresistible: perder peso sin pasar hambre, sin contar calorías obsesivamente y sin la sensación constante de estar haciendo una dieta.

Entiendo perfectamente el atractivo. "Vivimos en una época en la que queremos resultados rápidos. Queremos estar más delgados, más definidos y sentirnos mejor cuanto antes. Pero precisamente por eso creo que es importante detenernos un momento y analizar qué está ocurriendo realmente detrás de estos fármacos", señala Sonia Lucena, psiconutricionista y técnico especialista en nutrición deportiva.

Porque una cosa es perder peso y otra muy distinta es mejorar la salud. El problema no es el medicamento, sino cómo lo entendemos. Lo primero que conviene aclarar es que estos tratamientos tienen una utilidad médica concreta. Han supuesto un avance importante para determinados pacientes y utilizados bajo supervisión médica, pueden ser una herramienta valiosa.

El problema aparece cuando se presentan como una especie de atajo universal hacia el cuerpo perfecto. Muchos hombres llegan a consulta pensando que la ecuación es sencilla: menos hambre, menos comida, menos peso, pero el cuerpo humano nunca ha funcionado con ecuaciones tan simples.

Lo que hacen estos medicamentos es reducir significativamente el apetito y aumentar la sensación de saciedad, como consecuencia, muchas personas comen bastante menos y pierden peso de forma rápida.

Sonia Lucena: "Cuando una persona reduce drásticamente su ingesta calórica sin entrenamiento de fuerza, una nutrición adecuada y proteína, el cuerpo busca recursos y si no se han ingerido va descomponiendo, entre otras cosas, masa muscular"

La pregunta es: ¿de dónde están perdiendo ese peso?

Cuando el cuerpo empieza a pasar factura. Hace unos meses hablé con un paciente de 43 años, directivo de una empresa tecnológica, que había perdido más de 15 kilos en pocos meses utilizando uno de estos tratamientos. A priori parecía un éxito, la báscula marcaba menos peso, la ropa le quedaba algo más holgada, todo parecía ir en la dirección correcta.

Sin embargo, cuando profundizamos un poco más, apareció una realidad diferente: había dejado de entrenar porque se sentía sin energía, le costaba terminar sus sesiones de fuerza, dormía peor, había perdido masa muscular y por primera vez en años, se sentía físicamente más frágil y más triste y desanimado.

Había adelgazado, pero no se sentía mejor y para mí esa diferencia es fundamental. Porque cuando hablamos de salud masculina, rendimiento físico o envejecimiento saludable, la masa muscular y el estado de ánimo importa y mucho.

La masa muscular: el gran olvidado

Uno de los aspectos que menos se comentan cuando se habla de pérdida rápida de peso es el impacto sobre la composición corporal, gran parte del peso perdido es músculo.

Cuando una persona reduce drásticamente su ingesta calórica y no acompaña el proceso con entrenamiento de fuerza, una nutrición adecuada y suficiente proteína, el organismo busca recursos y si no se han ingerido va descomponiendo, entre otras cosas, masa muscular y eso tiene consecuencias serias. Menos músculo significa menos fuerza, peor rendimiento deportivo, menor capacidad funcional y a largo plazo, una peor salud metabólica, y un organismo menos funcional.

Desde mi experiencia profesional, me preocupa que muchas personas celebren únicamente el número que aparece en la báscula sin preguntarse qué están sacrificando para conseguirlo, porque el objetivo nunca debería ser pesar menos, el objetivo debería ser funcionar mejor.

El riesgo de desconectarse de las señales del cuerpo

Hay otro aspecto del que se habla mucho menos y que considero especialmente relevante, llevamos años intentando recuperar algo que la cultura de las dietas nos ha hecho perder: la capacidad de escuchar al cuerpo, hambre, saciedad, energía, cansancio, recuperación... son señales biológicas diseñadas para ayudarnos a mantener el equilibrio, sin embargo, cada vez buscamos más “atajos” para silenciarlas.

"En consulta veo con frecuencia personas que han pasado años luchando contra el hambre como si fuera un enemigo y el hambre no es un enemigo, es el modo que tiene tu cuerpo para informarte. Por supuesto, no debemos comer cada vez que sentimos un impulso emocional, pero tampoco deberíamos aspirar a vivir completamente desconectados de nuestras señales fisiológicas, cuando una persona deja de distinguir entre hambre real, ansiedad, aburrimiento o estrés, el problema no es nutricional, es de relación con la comida", explica Sonia Lucena.

Y ninguna inyección puede resolver eso por sí sola. Lo que ocurre cuando el tratamiento termina. Esta es probablemente la pregunta más importante y paradójicamente, la menos popular. ¿Qué sucede después? Porque la realidad es que ningún medicamento puede sustituir para siempre los hábitos que sostienen una buena salud.

Si una persona pierde peso sin aprender a alimentarse mejor, sin desarrollar una rutina de entrenamiento y sin construir herramientas para gestionar el estrés y el entorno alimentario, el problema va a reaparecer cuando el tratamiento termine porque el fármaco actúa mientras se usa, después deja de hacerlo.

He visto casos en los que el peso perdido regresó por completo e incluso más, no porque el medicamento hubiera fallado, sino porque nunca se había producido un verdadero cambio de comportamiento, dado que durante el uso del fármaco no hay ganas de comer, por lo tanto no se adquieren herramientas para gestionar el hambre emocional.

Lo que sigue funcionando en 2026

Sé que no es un mensaje tan atractivo como una transformación de diez kilos en tres meses, pero después de años trabajando con personas que buscan perder grasa, ganar salud y mejorar su composición corporal, sigo llegando a la misma conclusión: no existe ningún fármaco capaz de sustituir tres pilares fundamentales:

•Entrenamiento de fuerza regular.

•Alimentación suficiente, variada y equilibrada

•Descanso

• Adquirir herramientas para gestión del estrés y la ansiedad.

Puede sonar poco revolucionario, pero es exactamente lo que sigue funcionando de forma sostenible y duradera. Porque al final, el mejor metabolismo no es el que depende de una inyección, es el que se apoya en músculo, movimiento, buenos hábitos y una relación equilibrada con la comida y con uno mismo. Y eso, aunque lleve más tiempo, sigue siendo una inversión mucho más rentable que cualquier atajo.

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Roberto Cabezas es especialista en fitness, CrossFit, culturismo, material de entrenamiento, nutrición y suplementación deportiva en Men's Health España. Licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información, en Madrid, siempre me ha gustado el deporte. Jugué al fútbol, practiqué karate, tenis y ahora soy un apasionado del pádel y entrenar en el gimnasio. Creo firmemente en que llevar una vida saludable, comiendo bien y haciendo ejercicio a diario, es fundamental tanto para el cuerpo como para nuestra salud mental. Y animo a combatir el estrés con el entrenamiento fitness mediante rutinas de ejercicios.

Uno de mis hobbies es comprar comida porque me encanta comer, sobre todo carne, pero también la fruta y los postres healthy. No me falta mi batido de proteínas diario y puestos a recomendar, prueba la crema de cacahuete con plátano, esta es una de muchas de las recomendaciones que puedes encontrar entre los contenidos de nutrición en los que escribo y trato temas como, la creatina, proteína whey entre otros.

En lo profesional, antes de formar parte de la Healthy Unit de Hearst Magazines, estuve casi 20 años en las revistas Teleindiscreta, TP y Supertele, de la misma compañía, donde aprendí a ser periodista. Antes pasé por una consultora económica y una web femenina. ¿Más aficiones? La lectura, la música, el cine, las series y jugar con mis hijos. ¡Vive y deja vivir!