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Francia es desde hace años un destino de vacaciones muy apreciado por los europeos, en parte gracias a su gastronomía, sus ciudades históricas y su clima agradable. Pero el país tiene otra gran ventaja: una enorme red de rutas ciclistas. A lo largo de acantilados, viñedos, ríos y pueblos medievales, te esperan miles de kilómetros de caminos sin tráfico y antiguas líneas de ferrocarril reconvertidas.
Estas son cinco de las rutas en bicicleta más bonitas de Francia.
1. La Vélomaritime: entre acantilados, playas y Mont Saint-Michel
Desde Roscoff, en Bretaña, La Vélomaritime se extiende a lo largo de más de 1.400 kilómetros siguiendo la costa del Canal de la Mancha hasta Bray-Dunes, en la frontera con Bélgica, donde también se puede disfrutar de excelentes rutas ciclistas. El recorrido sigue en gran parte el litoral y ofrece vistas constantes de acantilados escarpados, playas de arena y paisajes de mareas.
A lo largo del camino se atraviesan lugares icónicos como el Mont Saint-Michel, la costa de granito rosa de Bretaña, los acantilados blancos de Étretat o las playas del desembarco en Normandía. Esa variedad convierte la ruta en una experiencia única: el paisaje cambia continuamente, pero el mar siempre está presente.
La Vélomaritime forma parte de la red EuroVelo 4, que continúa su recorrido hasta llegar a Kiev, en Ucrania.
2. Tour de Bourgogne: pedalear por el corazón de la gastronomía francesa
Borgoña es conocida por su vino, su gastronomía y sus paisajes ondulados, y todo ello se descubre perfectamente en bicicleta. La región cuenta con más de 3.000 kilómetros de carriles bici, muchos de ellos antiguos caminos de sirga y vías férreas reconvertidas en tranquilas “voies vertes”.
Una de las rutas más destacadas es la Tour de Bourgogne, un recorrido circular de 664 kilómetros que atraviesa viñedos, bosques, formaciones calcáreas y ciudades históricas. El itinerario pasa por lugares como Dijon, Auxerre y los alrededores de Lyon.
A pesar de su longitud, la ruta es relativamente accesible. Con unos 3.000 metros de desnivel acumulado, resulta ideal para ciclistas recreativos que quieran combinar el pedaleo con largas comidas o catas de vino durante el recorrido.
3. Vallée du Loir: una ruta ciclista tranquila lejos de las multitudes
Al suroeste de París nace el río Loir, que no debe confundirse con el mucho más famoso Loira. A lo largo de este río más discreto se extiende una sorprendente ruta ciclista tranquila que serpentea entre zonas agrícolas, viñedos y pueblos históricos.
A través de una voie verte sin tráfico, el recorrido sigue el curso del Loir hacia el río Sarthe, un afluente del Loira. En el camino se atraviesan lugares como Bonneval, conocido como la “Venecia de Beauce”, el castillo de Châteaudun y antiguas viviendas excavadas en la roca.
La Vallée du Loir no tiene la fama internacional del valle del Loira, pero precisamente por eso conserva una sensación más auténtica, relajada y sin masificación turística.
4. Provenza: pedalear entre campos de lavanda y pueblos mediterráneos
Quien sueña con sol, campos de lavanda y largas comidas en plazas de pueblo, encuentra su lugar en la Provenza. A través del espacio natural del Luberon discurre una voie verte de 236 kilómetros que atraviesa colinas, olivares y pueblos de color ocre.
Localidades como Roussillon, Gargas, Apt y Villars reflejan la esencia del sur de Francia. En Apt, su mercado local ofrece el famoso fruta confitada, mientras que durante el recorrido se cruzan ríos como el Calavon y el Rialle. Uno de los puntos más destacados es el Pont Julien, un puente romano del siglo I a. C. que aún se mantiene en pie.
5. Alsacia: pedalear entre viñedos y casas de entramado de madera
Entre los Vosgos y el Rin se encuentra la Alsacia, una región donde se mezclan influencias francesas y alemanas. Gracias a la protección de los Vosgos, recibe relativamente pocas precipitaciones, lo que crea un clima ideal para recorrerla en bicicleta.
La ruta más conocida es la Véloroute du Vignoble d’Alsace, un itinerario de 127 kilómetros que atraviesa viñedos y pueblos de casas con entramado de madera de colores vivos. En el camino se pasan localidades como Obernai, Kaysersberg y Colmar, rodeadas de viñedos de Riesling y Pinot que se extienden por las colinas.
Para quienes no rehúyen una subida, el castillo de Haut-Koenigsbourg ofrece una recompensa espectacular: vistas sobre la llanura alsaciana y, en el horizonte, la Selva Negra alemana.


















