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Un acto aparentemente normal se ha convertido en una especie de experimento emocional para muchos adultos. Dejar de escribir primero. No proponer el próximo café. No llamar para preguntar cómo va todo. Esperar. Y comprobar qué ocurre después. A veces no ocurre nada.
El silencio, cuando se prolonga durante días o semanas, puede resultar más doloroso que una discusión abierta. Con los años, esa sensación adquiere además una dimensión distinta. La soledad no siempre aparece por estar físicamente solo, sino por descubrir que algunas relaciones desaparecen en cuanto uno deja de sostenerlas.
La psicología lleva tiempo estudiando ese fenómeno. No suele haber ruptura, ni enfado, ni despedidas. Simplemente un vínculo que se va apagando hasta que alguien comprende que la amistad solo existía mientras seguía alimentándola.
Según un informe de las National Academies de Estados Unidos, cerca del 24% de las personas mayores de 65 años viven en situación de aislamiento social y un 43% de los mayores de 60 reconoce sentirse solo. Los expertos recuerdan que la soledad no equivale necesariamente a vivir sin compañía. La diferencia está en la distancia entre las relaciones que una persona desea y las que realmente tiene.
Las amistades también pueden desequilibrarse
Las investigaciones sobre amistad en edades avanzadas suelen centrarse en sus beneficios. Compañía, apoyo emocional, sensación de pertenencia. Mucho menos espacio ocupa la parte incómoda de esas relaciones: el desgaste, la decepción o la desigualdad afectiva.
La llamada “teoría de la equidad”, desarrollada inicialmente por el psicólogo J. Stacy Adams y aplicada después a las relaciones personales, plantea que las personas se sienten mejor cuando perciben un intercambio equilibrado. En las amistades, ese intercambio rara vez consiste en grandes gestos. Suele esconderse en detalles cotidianos.
Recordar cumpleaños. Preguntar cómo fue una prueba médica. Organizar encuentros. Escuchar problemas ajenos durante años. Cuando una sola persona carga de forma constante con ese trabajo emocional, la relación puede empezar a sentirse más como una obligación que como un refugio.
Las amistades poseen además una fragilidad particular. No existe una estructura formal que las mantenga unidas. No hay contratos, convivencia obligatoria ni rutinas compartidas que las sostengan automáticamente. Por eso, cuando el esfuerzo deja de ser recíproco, el vínculo puede diluirse lentamente sin que nadie lo nombre.
Un estudio publicado en la revista PLOS ONE y liderado por el investigador Abdullah Almaatouq, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, analizó distintas redes de amistad y encontró que solo alrededor de la mitad eran verdaderamente recíprocas. En muchas relaciones, una persona considera la amistad cercana mientras la otra la vive de forma mucho más superficial.
Envejecer cambia la forma de relacionarse
Durante la juventud, las amistades suelen sobrevivir gracias a la proximidad. El trabajo, las clases o las rutinas diarias facilitan encuentros constantes, incluso cuando el vínculo no atraviesa su mejor momento.
Más adelante, ese andamiaje desaparece. La jubilación, los cambios familiares, los problemas de salud o las mudanzas reducen las oportunidades de contacto espontáneo. Las amistades que permanecen suelen hacerlo porque ambas personas deciden cuidarlas de manera consciente.
La psicóloga de Stanford Laura Carstensen desarrolló la llamada “teoría de la selectividad socioemocional”, según la cual las personas, al percibir el tiempo como más limitado, priorizan relaciones emocionalmente significativas frente a vínculos más superficiales. Eso explica por qué algunas pérdidas afectivas pueden sentirse con más intensidad en la madurez que a los 25 años.
Los especialistas coinciden además en que la calidad de las relaciones importa mucho más que la cantidad. Una revisión científica publicada en 2023 y dirigida por el investigador Christos Pezirkianidis concluyó que las amistades adultas se relacionan de manera consistente con un mayor bienestar psicológico, especialmente cuando existe apoyo mutuo y un esfuerzo compartido por mantener el vínculo.
El psiquiatra Robert Waldinger, director del Harvard Study of Adult Development, ha resumido el impacto de forma contundente: “La soledad mata. Es tan poderosa como el tabaquismo o el alcoholismo”.
La parte más dura del envejecimiento no siempre consiste en tener menos gente alrededor, sino en descubrir qué relaciones estaban construidas sobre el cuidado mutuo y cuáles dependían únicamente de que uno nunca dejara de insistir.
Juanjo es experto en cultura y lifestyle, con un foco especial en el impacto que internet y las redes sociales están teniendo en nuestra sociedad y en el mundo. Por eso mismo, sus temas suelen tener también mucho que ver con cine, series, psicología, relaciones personales y sexualidad.
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Su gran pasión son las entrevistas, disfruta hablando con personas y conectando con ellas y tiene una curiosidad natural por aprender de las experiencias y perspectivas de los demás ya sea de un escritor, un psicólogo o cualquiera que tenga una historia que contar.
Juanjo se licenció en Economía Internacional, aunque desde muy temprano en su carrera, por vocación personal, se dedicó a la divulgación y al periodismo, que con los años se convirtió en su profesión.
Juanjo lleva más de 15 años escribiendo en diferentes medios y fue Director editorial de Vice España, coordinando toda la producción de contenidos de la revista, desde cápsulas para redes sociales a documentales sobre ocultas subculturas urbanas de nuestro país. Tras su paso por Vice, se ha dedicado a escribir y su trabajo ha aparecido en medios como El País, El Periódico de España, ABC o Yorokobu, entre otros.










