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La banalidad, la exhibición emocional y la necesidad de contar con la aprobación de los demás han suplantado a la esencia, a la razón y a la responsabilidad. Nos lo cuenta el doctor en Economía y exmilitar Santiago Ávila, que acaba de publicar su nuevo libro 'Tontocracia'.
¿Cómo definirías incompetencia?
La incompetencia, tal como desarrollo en mi libro Tontocracia, no tiene que ver con la falta de inteligencia, sino con la falta de criterio aplicado; tener criterio exige carácter y competencia: ser y saber. Una de las tesis centrales es esta: no faltan personas con talento; lo que falta es carácter para sostener lo correcto cuando hacerlo tiene un coste.
La incompetencia es la distancia entre lo que una persona debería ser y saber para ejercer su responsabilidad y lo que realmente decide o ejecuta; aparece cuando alguien no entiende lo que hace; se niega a aprender lo que necesita; no reconoce sus límites; y, finalmente, no reconoce a los demás, que es la forma más peligrosa de ceguera. En el libro explico que la incompetencia no es un accidente: es un ecosistema que la premia, la protege y la reproduce.
¿En qué nivel de la sociedad encontramos más incompetentes?
La respuesta incómoda: en todos; pero no en la misma proporción ni con el mismo impacto. La incompetencia adopta formas distintas según el entorno que nos rodea: en la sociedad se nota; en la empresa se disfraza de interés por la organización; en la docencia se traduce en la falta de esfuerzo y el aprobado general; y en la política se institucionaliza.
En 'Tontocracia' recorro estos cuatro universos a través de cuatro arquetipos —el ignorante, el tonto, el idiota y el necio— que ayudan a entender por qué la incompetencia no solo existe, sino que se reproduce. Quien quiera entender el clima cultural actual, ahí tiene un mapa.
¿Qué podemos hacer en nuestro día a día para ser parte de la solución y no del problema?
Emplearse de tres formas complementarias: pensar antes de opinar; alimentar el criterio y huir del ruido, de la aprobación automática del entorno; responder en vez de reaccionar; el espacio entre estímulo y respuesta mide nuestro grado de libertad; asumir responsabilidad; menos excusas, más consecuencias, hacerse dueños del resultado de nuestros actos.
La tontocracia se alimenta de la irresponsabilidad distribuida; la solución empieza por una responsabilidad personal ampliada. En el libro explico cómo cada arquetipo —del ignorante al necio— contribuye a ese ecosistema y cómo podemos evitar convertirnos en uno de ellos.
¿Qué enseñanzas nos deja el Estoicismo al respecto de todo esto?
El Estoicismo es un antídoto natural contra la tontocracia; no porque el libro se mueva en sus aguas, sino porque enseña a distinguir lo que depende de ti; a dominar la reacción emocional, supeditando la emoción a la razón; a actuar bajo el paraguas de la ética, incluso cuando el entorno es absurdo; y a no dejarse arrastrar por la masa.
En un mundo responsable y no infantilizado, el adulto vive su vida, no la que los demás quieren que viva. Esa es la madurez que reivindico en Tontocracia, frente a la deriva emocional del tonto, la rigidez del idiota o la soberbia del necio.
¿Hasta qué punto nos hemos aborregado como sociedad?
Hasta el punto en que nos entregamos en manos de la emoción con olvido grave de la razón; se confunde la opinión -producto de la emoción, todo el mundo tiene opinión- con el criterio -producto del trabajo y de la razón, pocos tienen criterio-; y, en consecuencia, se confunde visibilidad y populismo con sobriedad y autoridad.
La sociedad se aborrega cuando deja de pensar y empieza a imitar; cuando deja de preguntar y empieza a seguir; cuando deja de dudar y empieza a obedecer. La buena noticia: el aborregamiento es reversible con lucidez, responsabilidad y carácter. De ahí el subtítulo de Tontocracia: en busca de la sensatez perdida. Ese es el viaje que propongo al lector: reconocer en qué punto somos ignorantes, tontos, idiotas o necios… y cómo dejar de serlo.
El liderazgo humanista verdadero se define por...
Por cinco verbos que cierran la obra: comprender; ayudar; acompañar; compartir; y juzgar con justicia. El líder humanista exige; con respeto y consideración, pero exige. Buscar la ejemplaridad por encima de cualquier otra condición; explicar las consecuencias de nuestras decisiones para con los demás; favorecer las conductas que procuran lo mejor para el otro.
El liderazgo humanista no es blando: es adulto; y en un ecosistema tontocrático, un adulto es casi un revolucionario. Ese es el tipo de liderazgo que defiendo en el libro, el que se opone frontalmente a los cuatro arquetipos que describo.
Roberto Cabezas es especialista en fitness, CrossFit, culturismo, material de entrenamiento, nutrición y suplementación deportiva en Men's Health España. Licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información, en Madrid, siempre me ha gustado el deporte. Jugué al fútbol, practiqué karate, tenis y ahora soy un apasionado del pádel y entrenar en el gimnasio. Creo firmemente en que llevar una vida saludable, comiendo bien y haciendo ejercicio a diario, es fundamental tanto para el cuerpo como para nuestra salud mental. Y animo a combatir el estrés con el entrenamiento fitness mediante rutinas de ejercicios.
Uno de mis hobbies es comprar comida porque me encanta comer, sobre todo carne, pero también la fruta y los postres healthy. No me falta mi batido de proteínas diario y puestos a recomendar, prueba la crema de cacahuete con plátano, esta es una de muchas de las recomendaciones que puedes encontrar entre los contenidos de nutrición en los que escribo y trato temas como, la creatina, proteína whey entre otros.
En lo profesional, antes de formar parte de la Healthy Unit de Hearst Magazines, estuve casi 20 años en las revistas Teleindiscreta, TP y Supertele, de la misma compañía, donde aprendí a ser periodista. Antes pasé por una consultora económica y una web femenina. ¿Más aficiones? La lectura, la música, el cine, las series y jugar con mis hijos. ¡Vive y deja vivir!










