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En una sociedad donde la imagen y los hábitos de vida se exhiben de forma constante, la comida ha dejado de ser únicamente una necesidad biológica o un placer cultural para convertirse en un escenario de juicio público.
El plato que cada persona elige llevar a la mesa parece funcionar hoy como un certificado de conducta, evaluado minuciosamente por el entorno. Expresiones cotidianas como "pecar", "portarse bien" o "quemar los excesos" se escuchan a diario en oficinas, reuniones sociales y redes digitales. Esta forma de hablar revela cómo hemos trasladado conceptos morales al terreno de la nutrición, juzgando la disciplina o la valía de alguien en función de lo que come.
Para entender este fenómeno y sus implicaciones psicológicas, hemos hablado con la nutricionista Julia Fernández-Renau, divulgadora conocida en redes como @nutrirayes y autora del libro ‘A la mierda la dieta: Una guía sobre cómo sanar tu relación con la comida y tu cuerpo’.
Al abordar cómo la alimentación nutritiva se ha transformado en un símbolo de estatus y diferenciación social, Julia Fernández-Renau confirma esta tendencia con rotundidad: "Sí, completamente. Y me parece fascinante cómo hemos conseguido convertir algo tan cotidiano como comer en una especie de examen moral”.
Esta fiscalización del plato no pertenece a un plano teórico, sino que se manifiesta de manera cotidiana en cualquier entorno compartido. Las conversaciones informales en el trabajo o las comidas familiares suelen convertirse en un terreno fértil para el escrutinio mutuo.
La autora ilustra estas dinámicas de grupo con ejemplos cotidianos: "Todos hemos vivido escenas muy parecidas. Alguien saca una ensalada en el trabajo y enseguida aparecen comentarios como ‘qué bien te cuidas’ o ‘ojalá yo tuviera esa fuerza de voluntad’. En cambio, si otra persona lleva una pizza o una hamburguesa, no faltan las bromas del tipo ‘hoy estás pecando’ o ‘eso luego habrá que quemarlo’. Son frases que parecen inofensivas, pero reflejan una idea muy arraigada: que algunas comidas nos convierten en personas más responsables, más disciplinadas o incluso más valiosas que otras”.
Este uso del lenguaje demuestra que la conversación colectiva se ha alejado del terreno estrictamente alimentario. Cuando las elecciones gastronómicas se evalúan en términos de culpa o mérito, la salud pasa a un segundo plano. Sobre este punto, Julia Fernández-Renau recalca: "Y eso ya nos dice que no estamos hablando de nutrición”.
Los parámetros que determinan el prestigio social han variado sensiblemente en los últimos años. En décadas anteriores, la delgadez concentraba casi todo el capital estético y de aprobación. Sin embargo, el estándar actual exige la exhibición de una rutina estructurada y sin fisuras.
La divulgadora detalla cómo ha evolucionado esta demostración de disciplina: "Durante mucho tiempo la delgadez fue el símbolo de la virtud. Ahora, además, lo son determinados hábitos: comer ‘limpio’, entrenar todos los días, evitar el azúcar, madrugar, no probar ciertos alimentos… Para algunas personas, estos comportamientos se han convertido casi en una forma de demostrar superioridad moral”.
A pesar del reconocimiento social que reciben estos hábitos estrictos, la apariencia externa no refleja necesariamente el bienestar interno de una persona. La adhesión rígida a una dieta impecable puede esconder un alto coste emocional, mientras que la flexibilidad a menudo se malinterpreta como desinterés.
La nutricionista desmonta esta equivalencia entre menú y salud emocional argumentando: “La realidad es que no podemos saber absolutamente nada sobre la salud, los hábitos o los valores de una persona mirando lo que hay en su plato. Alguien puede llevar una alimentación nutricionalmente excelente y vivir atrapado por la culpa, la obsesión y el miedo a comer ‘mal’. Y otra persona puede disfrutar de una alimentación flexible, compartir una pizza con amigos un viernes y mantener una relación muchísimo más saludable con la comida y consigo misma”.
Frente a la inercia de calificar y clasificar lo que comen los demás, se vuelve indispensable recuperar una perspectiva más serena y respetuosa.
Como conclusión a su análisis, Julia Fernández-Renau subraya la importancia de desmantelar estos prejuicios alimentarios: "Creo que necesitamos mucha más humildad cuando hablamos de alimentación. Juzgamos con demasiada facilidad algo de lo que, en realidad, sabemos muy poco. Lo que alguien come hoy no nos dice quién es, cómo vive ni cuál es su estado de salud”, concluye.
Juanjo es experto en cultura y lifestyle, con un foco especial en el impacto que internet y las redes sociales están teniendo en nuestra sociedad y en el mundo. Por eso mismo, sus temas suelen tener también mucho que ver con cine, series, psicología, relaciones personales y sexualidad.
No hay tendencia viral o reto en redes que se le pase por alto, aunque también está muy conectado con la actualidad literaria, repasando cada semana todas las novedades editoriales y seleccionando las que puedan resultar más interesantes para sus lectores.
Su gran pasión son las entrevistas, disfruta hablando con personas y conectando con ellas y tiene una curiosidad natural por aprender de las experiencias y perspectivas de los demás ya sea de un escritor, un psicólogo o cualquiera que tenga una historia que contar.
Juanjo se licenció en Economía Internacional, aunque desde muy temprano en su carrera, por vocación personal, se dedicó a la divulgación y al periodismo, que con los años se convirtió en su profesión.
Juanjo lleva más de 15 años escribiendo en diferentes medios y fue Director editorial de Vice España, coordinando toda la producción de contenidos de la revista, desde cápsulas para redes sociales a documentales sobre ocultas subculturas urbanas de nuestro país. Tras su paso por Vice, se ha dedicado a escribir y su trabajo ha aparecido en medios como El País, El Periódico de España, ABC o Yorokobu, entre otros.













