El sufrimiento suele venir acompañado de una pregunta inmediata: ¿cómo salir de él? La respuesta parece urgente cuando la vida deja de seguir el rumbo esperado y cada día se convierte en una sucesión de incertidumbres. Sin embargo, para Viktor Frankl, esa búsqueda inicial termina, dando paso a otra cuestión mucho más profunda.
El psiquiatra austríaco, conocido por desarrollar la logoterapia tras sobrevivir a los campos de concentración nazis, defendía que la existencia no siempre permite elegir lo que sucede, pero sí conserva un espacio de libertad que ninguna circunstancia puede arrebatar. Ese margen, por pequeño que parezca, determina quién llega a ser una persona cuando atraviesa la adversidad.
La libertad que permanece cuando todo lo demás desaparece
Frankl parte de una idea sencilla: la vida no responde siempre a los planes ni a las expectativas. Enfermedades, pérdidas o acontecimientos inesperados obligan a distinguir entre aquello que depende de uno mismo y aquello que escapa por completo al control.
En ese momento aparecen preguntas inevitables. Cómo superar el dolor, cuándo terminará o qué hacer para recuperar la normalidad. Con el paso del tiempo, según plantea el psiquiatra, esas cuestiones dejan de ocupar el centro y surge otra diferente: cómo transformarse frente a una realidad que no puede modificarse.
Su reflexión quedó condensada en una de sus frases más conocidas: "Cuando no somos capaces de cambiar una situación, estamos llamados a cambiarnos a nosotros mismos".
Para Frankl, la libertad no consiste en controlar las circunstancias, sino en decidir la actitud con la que se afrontan. De ahí otra de sus afirmaciones: "Si no está en tu poder cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás elegir la actitud con la que afrontar ese sufrimiento".
El autor tampoco invita a minimizar el dolor ni a buscar explicaciones forzadas. Su propuesta pasa por impedir que el sufrimiento termine definiendo la identidad de quien lo padece.
Un segundo capaz de cambiar una reacción
Uno de los aspectos que más desarrolla Frankl es la existencia de un instante casi imperceptible entre lo que ocurre y la respuesta que cada persona ofrece. En ese breve intervalo sitúa la última libertad humana.
"Todo puede ser arrebatado a un hombre, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la de elegir la propia actitud en cualquier circunstancia", escribió.
Para ilustrarlo, recurre a una situación cotidiana. Una persona que arrastra tristeza desde hace tiempo recibe una palabra desafortunada o un gesto brusco. La reacción automática puede ser la ira, el aislamiento o la sensación de que todo vuelve a repetirse. Antes de responder, existe un momento mínimo en el que todavía es posible decidir no convertirse por completo en esa reacción.
A partir de esa idea, Frankl propone cuatro ejercicios prácticos. El primero consiste en detenerse un segundo antes de actuar. El segundo, dejar de aplazar la vida hasta que desaparezca el dolor, porque el sentido también puede encontrarse mientras se atraviesa una etapa difícil. El tercero invita a no confundir la herida con la propia identidad. El cuarto cambia la pregunta habitual y plantea otra distinta: qué espera la vida de cada persona, en lugar de preguntarse únicamente qué espera cada persona de la vida.
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